"Los hijos son como viajes al interior de una misma en los cuales el cuerpo, la mente y el alma cambian de dirección, se vuelven hacia el centro mismo de la existencia"
Isabel Allende



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1.8.15

Los niños Aprenden lo que Viven




¡¡Hola gente linda!! 

Por acá estamos de celebración y Seguimos aprendiendo, cada día lo vamos haciendo lo mejor que podemos y eso es muy valioso, simplemente nos vamos guiando por lo que nos dicta el corazón, lo que resuena con la intuición y hace que nos guie el amor, nuestra bandera es el Amor que todo lo cura. Les comparto este hermoso mensaje, para tener en cuenta, dice:

Resultado de imagen para mensaje para mi hijo pinterest

1.8.13

Video: No es maña


Excelente vídeo, el cual que nos hace reflexionar para encontrar otras formas de hacer y decir las cosas con nuestros niños, es importante que ellos sepan que pueden confiar en nosotros, que les creemos, los escuchamos, los respetamos...y que pase lo que pase estaremos allí para ellos...





No existe una única forma de ser padres, ni de ser hijos.

¡¡¡Espero que sea de gran utilidad!!!

Siete Añotes

¡¡¡Para ti, Luminoso David!!

¡¡Feliz Cumpleaños maravilloso, mágico y hermoso, deseo que llegues tan alto como te lo propongas, que sigas siendo tú, así...
Feliz, Auténtico y libre, te amamos mucho!!!

17.2.11

Comprender a los demás

¡¡Hola todos!!!
Recuerdan que hace unos días publique un post sobre la "Empatía" Si esa palabra que tanto se usa en el tema de la Crianza Natural, y con la que me he peleado tantas veces, esa en la que deseo trabajar más a fondo... Pues bien hoy casualmente encontré este excelente articulo, que nos ofrece herramientas y sobre todo respuestas para saber como aplicarla y expresarla en determinados momentos... Espero sea de gran utilidad... Es un poco largo pero vale la pena.


La imagen en www.google.com

Dice:

¿Y si, al contrario de lo que pensamos, no tuviéramos tanta empatía ni supiéramos ponernos en el lugar del otro? Queremos ayudar a los demás, pero ¿sabemos hacerlo?

Cuando era estudiante de psicología, uno de mis más queridos profesores nos aconsejó a los alumnos algo que me quedó grabado: “Cuando una persona les explique sus problemas, no le digán: ‘No te preocupes’. Ésas son las palabras más absurdas que pueden pronunciar”.

No te preocupes. ¿Qué pretendemos conseguir con esa frase? Lo paradójico del asunto es que esa expresión está cargada de nuestras mejores intenciones. No queremos que la persona que tenemos delante sufra y nos encantaría poder consolarla. Deseamos entender y ayudar a los demás, pero ¿sabemos hacerlo?

En muchas ocasiones creemos que tenemos mucha empatía y que sabemos ponernos en el lugar del otro. Lamentablemente, no siempre es así y, por eso, podemos incluso llegar a empeorar la situación. Imaginemos que una amiga nos cuenta que está fatal porque ha preparado una cena para sus familiares con mucha ilusión y finalmente la comida se ha quemado. Nosotros podemos encontrarlo una tontería. Nos ponemos en su lugar y pensamos que el suceso podría haberse convertido en una divertida anécdota para contar.

Esta hipotética situación nos muestra que a veces nos ponemos en el lugar del otro, pero ¡con nuestra forma de pensar! Sólo somos capaces de imaginarnos a nosotros mismos viviendo esa situación, pero no sintiendo lo mismo que la otra persona. Quizá su terrible desazón la hemos sufrido cuando un proyecto laboral se ha ido a pique. O, en general, cuando alguna de nuestras ilusiones se ha visto frustrada.
Así que lo que deberíamos hacer es recordar en qué momentos hemos vivido una emoción similar y ponernos en el lugar de nuestra amiga con el corazón y no desde nuestros esquemas mentales.

Aunque normalmente se entiende la empatía como la capacidad de ponerse en la piel del otro, no es exactamente eso. De hecho, técnicamente se define como la capacidad de sentir, imaginar o experimentar las emociones o estados de ánimo de otra persona.
Intentemos pues ponernos en la emoción del otro y no sólo en su situación.

Deberíamos esforzarnos para desarrollar la empatía
. Ésta constituye una de las habilidades esenciales de la inteligencia emocional que Goleman demostró, a través de muchos estudios, cómo incidía en la felicidad. Incluso Howard Gardner, el cual defiende que poseemos ocho tipos de inteligencias en lugar de una, apunta a la empatía como una de ellas; la denomina: inteligencia interpersonal.

Uno de los puntos esenciales para desarrollar la empatía consiste en aprender a escuchar. Veamos cuatro aspectos a tener en cuenta:

1. Cuidado con los consejos

“Quien no haya sufrido lo que yo, que no me dé consejos” (Sófocles)

Estamos contando nuestro problema a alguien y cuando acabamos, o incluso antes, ya nos aconseja lo que debemos hacer. Antes de exponer aquello que nos afecta, probablemente hemos estado varias noches sin dormir, le hemos dado mil vueltas y todavía no sabemos cómo saldremos de la situación. Y la otra persona, ¡zas! En cuatro segundos ya tiene la solución. En ocasiones, la persona que aconseja está tan convencida de que su idea es acertada que incluso, aunque le aseguremos que ya la hemos aplicado, insistirá. Consejo: “Lo que tendrías que hacer es hablar con él”. Repuesta: “Claro que he hablado con él, ¡si no hago otra cosa!”. Repetición del consejo: “Es que no has hablado suficiente”.

Al tratar con alguien a quien queremos ayudar a resolver su problema, no olvidemos que habrá pensado mucho sobre cómo solucionarlo y que probablemente habrá emprendido varios caminos para lograrlo. Antes de sugerir soluciones, debemos preguntar sobre las posibilidades que se han barajado y los intentos de reparación emprendidos. Quizá nos sorprendamos y simplemente preguntando, la otra persona vea aspectos que antes no había tenido en cuenta y la solución se desprenda sola. Y sobre todo, recordemos que desde fuera todo se ve muy sencillo, pero por dentro no lo es tanto. Si lo fuera, nuestro interlocutor ya habría llegado a ella.

Convendremos que nadie puede aportar una buena solución a un problema que no ha entendido. Por ello, primero deberíamos entender y luego procurar que el otro se sienta comprendido. Si no es así, nuestro consejo caerá en saco roto. Nunca se sigue un consejo de alguien que no parece haber entendido la situación. Así que, no nos precipitemos en aconsejar, mejor escuchar y preguntar mucho antes de hacerlo.

No olvidemos dos puntos obvios. No sabemos si nuestro consejo será correcto, hemos de sugerirlo con precaución. Y segundo: los consejos no son órdenes, la otra persona tiene toda la libertad del mundo para no seguirlos.

Y tengamos muy en cuenta que, en muchas ocasiones, simplemente debemos abstenernos de aconsejar. Nuestro interlocutor quizá sólo quiere ser escuchado y comprendido.

2. Evitemos juzgar

“Si de veras llegásemos a poder comprender, ya no podríamos juzgar” (André Malraux)

Juzgar es un acto casi automático. Si alguien nos cuenta el trance que está sufriendo, nuestro cerebro extrae conclusiones rápidas que suelen ser dicotómicas, con pocos matices, del tipo: ha actuado mal o ha actuado bien. Por suerte, con más tiempo solemos matizar, pero nuestra mente tiene estos arranques.

Cuando alguien nos describa alguna situación dura por la que está atravesando, agradecerá que nos pongamos en su nivel y que no la juzguemos. Algunas veces podemos pensar: Yo no hubiera cometido estos errores”. Es una actitud muy humana, necesitamos creer que somos menos vulnerables que los demás. Si tenemos esas ideas, la otra persona lo notará aunque no las verbalicemos. Frenar nuestros impulsos de juzgar y ser humildes ayudará a que los demás se sientan más cómodos y entendidos.

3. No relativicemos el problema del otro

“¿Quieres que sienta dolor por niños que mueren de hambre? Yo siento dolor por ellos. ¿Quieres que proteste contra las guerras que siguen en las montañas? Yo protesto. Pero el corazón tiene sus dolores privados: ni siquiera todas las grandes causas buenas de este mundo pueden impedir que llore por un amor perdido” (Arnold Wesker, The four seasons)

Ante un amigo que comparte sus tristezas, podemos caer en la trampa de intentar que relativice: “Hay gente que está peor que tú”. Probablemente ya lo sabe, pero eso no le consuela. Incluso puede sentirse culpable por sentirse mal sabiendo que existen seres humanos que se encuentran muchísimo peor. Mejor será que permitamos a nuestro amigo que se queje y explote. A veces intentar relativizar es contraproducente.

4. Resumiendo: simplemente debemos comprender

“En tu relación con cualquier persona, pierdes mucho si no te tomas el tiempo necesario para comprenderla” (Rob Goldston )

La comprensión es un bálsamo muy potente. Las personas con las que más a gusto nos encontramos son las que nos comprenden. Si queremos que los demás se sientan cómodos y comprendidos por nosotros, simplemente escuchemos sin juzgar; no aconsejemos con tanta facilidad; permitamos cualquier emoción sin intentar relativizarla; y pongámonos no sólo en su piel, sino sobre todo en su corazón. Preguntémonos: ¿en estos momentos, quién necesita nuestra comprensión?

Para saber más.


Libros:

‘La asertividad para gente extraordinaria’, de E. Bach y A. Forés. Plataforma Editorial. Barcelona, 2008.

‘El arte de la felicidad’, del Dalai Lama y H. C. Cutler. Grijalbo. Barcelona, 1999.

Películas

‘Corazón salvaje’, de David Lynch.

‘Blade runner’, de Ridley Scott.

‘Adivina quién viene a cenar esta noche’, de Stanley Kramer.

‘Empatía-comprender mejor a los demás’, cuatro minutos de vídeo en YouTube con un mensaje que deberíamos tener siempre presente.

Por: JENNY MOIX 25/10/2009

Sitio Oficial Aquí

11.2.10

Cuando Tú Hijo...

¡¡Hola todos!!

Les comparto este bello poema. Personalmente me encanta porque resuena dentro de mí, porque me acompaña desde hace tiempo en el álbum de nuestro hijo, hoy lo recordé, y trajo a mí momentos inolvidables, lo releí y pensé en traerlo... Espero que les guste...


Cuándo Tú hijo

La imagen Acá

Te busque con su mirada, míralo.

Te tienda sus brazo
s, abrázalo.

Te busque con su boca
,
bésalo.

Te quiera hablar
,
escúchale.

Se sienta desamparado
, ampáralo.

Se sienta solo
,
acompáñalo.

Te pida que lo dejes
,
déjalo.

Te pida volver
,
recíbelo.

Se sienta triste
,
consuélalo.

Esté en el esfuerzo
, anímalo.

Esté en el fracaso
,
protégelo.

Pierda toda esperanza
,
aliéntalo.
Por: Arnaldo Raskovsky

1.12.09

Tres cosas...

¡Hola todos!

Les comparto una frase que me gusta mucho, porque es muy acertada y de alguna manera nos invita a reflexionar, los niños son sabios y siempre nos están dando lecciones, dejemos que nos contagien su alegría, su inocencia, su ternura, sus ganas de aprender y de disfrutar al máximo cada instante...



Un niño siempre puede enseñar tres cosas a un adulto:
a ponerse contento sin motivo, a estar siempre ocupado con algo y a saber exigir con todas sus fuerzas aquéllo que desea.

Paulo Coelho

La imagen la encontré acá

24.11.09

Cambiando, Creciendo, Aprendiendo....

Hola todos!!

Después de unos días muy difíciles y de mucha reflexión quise compartir algo de lo que estamos viviendo por estos meses....

Nuestro nene está Cambiando, está Creciendo, y junto a él estamos Aprendiendo a enfrentar, nuevas situaciones; el mundo de los niños no es lo que nosotros creemos ó pensamos que es y ellos así nos lo hacen saber y sentir....

Muchas veces los adultos no lo entendemos, ó nos resistimos a aceptar la realidad, las cosas no siempre son lo que queremos, ó quisieramos que fuesen, ellos están, viviendo en un mundo que quizás no comprenden muy bien... Estan experimentando Cambios, el querer una cosa y luego la otra, pasar de la felicidad al llanto más inconsolable, tener rabietas monumentales, gritar, enojarse, y volverse a contentar, son solo algunas de las muchas cosas que en realidad nos desbordan, y nos hacen sentir los padres más malos, empezamos a preguntarnos mil cosas ó a buscar culpables en donde no los hay...




Si vemos el otro lado de la hoja, entendemos que nosotros estamos ahí para guiar, consolar, apoyar, respetar y explicar con palabras todo un mundo nuevo que se abre ante los ojos de nuestros nenes, somos su todo, pero sobre todas las cosas estamos ahí para Amar Incondicionalmente.... Estas étapas también pasarán es lo que me digo una y mil veces cuándo siento caer, finalmente se que todo terminará en un Te Amo, un Beso y un Abrazo de nunca acabar, y una lección que nos hará crecer para ser mejores la próxima vez... ¡¡Eso es lo mejor!!

No es fácil y cuesta un montón, ya que debemos arrancarnos las vestiduras de legados pasados, que llevamos anclados como parte de nosotros, ahí el mérito es mayor, porque el esfuerzo se hace más grande, y la lucha viene a ser con uno mismo, para no permitirnos repetir historias ó frases y actos inútiles que muchas veces se apoderan de nuestra razón... En muchas ocasiones sentimos que necesitamos dosis extra de paciencia y en esos momentos es bueno preguntarnos: ¿No será que les estamos exigiendo demasiado? Ya que de cualquier forma nuestros niños siempre seran nuestra razón de ser, nuestra felicidad, nuestros tesoros los que logran despertar lo mejor en el interior de cada uno de nosotros para saber que todo vale la pena.

Por último les comparto una frase que me gusta mucho, del libro Un tesoro de Sabiduría Femenina, dice:

Nada es trivial en la vida. La vida es una donde quiera y
cuándo quiera que la tocamos, y
un momento ó acontecer no es menos sagrado que otro.

Por: Vimala Thakar

28.10.09

Mí Súper Héroe

¡¡Hola Todos!!

Quiero compartir con ustedes un momento que nos llena de mucha alegría, esos momentos únicos que se te quedaran por siempre en el corazón y que te dejan con una sonrisa por largo rato....


Hablando con David...

Este año él quiso disfrazarse, me pregunta:

David: ¿Mami los súper héroes tienen corazón?

Yo: Si mi amor claro que tienen corazón

David: Ah... Lleno de Emoción, Mami yo soy Tú Súper Héroe!!!!
Te Amo hasta el infinito y más allá...

Yo: Me siento Feliz, Bendecida y Agradecida con la vida, porque veo a mí hijo crecer a gran velocidad, sano fuerte noble y sobre todas las cosas con un corazón enorme dispuesto a dar y recibir...

¡¡Te amo David, eres lo mejor de mí vida gracias por permitirme aprender tanto de ti!!

27.5.09

"Cuándo no nos entendemos"

Hola todos!! después de tantos días de ausencia, quiero compartir con ustedes un excelente articulo que había leído hace mucho tiempo, pero ahora que lo estamos viviendo con nuestro hijo nos viene muy bien, nos ofrece respuestas muy acertadas a todas nuestras preguntas, para saber como actuar ante las distintas situaciones de nuestro diario vivir, y nos hace reflexionar acerca de que tanto conocemos el mundo de nuestros hijos, para no juzgarlos mal por ser precisamente niños, inocentes, traviesos y con ganas de explorar el mundo de una forma divertida, para que logremos ver las cosas de niños desde su perspectiva y no desde la nuestra, he visto y escuchado muchas cosas acerca de este tema, algunos padres obligan a sus hijos a hacer su voluntad, con gritos, insultos y castigos; solo dan ordenes, no ofrecen razones, cuando quizás lo único que los niños necesitan es mas tiempo para asimilar las cosas, y para que los padres entiendan que aún esta aprendiendo y dependen de nosotros para ello...

"MI MAMÁ Y YO A VECES NO NOS ENTENDEMOS"


Publicado en revista Max Mara. Ayuntamiento de Bilbao.


¿Cuántas veces sentimos ante un niño o una niña pequeña, que nos está tomando el pelo?
¿Cuántas veces hemos pensado, que están “sordos”?
¿Qué paciencia hay que tener en el difícil oficio de ser madre y padre!
¿Por qué les cuesta tanto escucharnos? ¿Por qué no colaboran?...


Estas reflexiones y sensaciones son bastante comunes en el mundo de los adultos.

Pero ¿vaya sorpresa nos llevaríamos, si supiéramos lo que ellos sienten!

¿Por qué les cuesta tanto hacer lo que les pedimos?, ¿nos están probando?

Los adultos interpretamos la conducta de nuestros hijos o hijas con el cristal de nuestra experiencia vital adulta, donde todo está teñido de intencionalidad. Leemos en sus actos una “intención”, como ocurre en el mundo adulto. Además estamos convencidos que nosotros “sabemos” y ellos “no”. Y ahí comienza una batalla a veces desesperante por hacernos entender, que acaba en más de un llanto y pataleta cuando no en enfados e impotencia. Es decir, en desarmonía, que es precisamente lo que no deseamos.

Pero a veces da la sensación que no quieren aprender la experiencia. Por ejemplo, cuando todas las mañanas son un suplicio porque se entretienen con cualquier cosa y no les da tiempo ni a desayunar para ir al cole. Y no hay forma de que lo entiendan.

Podríamos narrar cien mil experiencias similares y conocer tantas respuestas como personas, que a veces funcionan y otras no, con el objetivo de que nos hagan caso (amenazas, castigos...). Pero el problema seguiría sin solucionarse satisfactoriamente. Si queremos una relación positiva, basada en cierta armonía y no en batallas cotidianas donde hay ganadores y perdedores, tenemos que cambiar radicalmente el “chip” como adultos, viendo su conducta con los “ojos de niño”, para entender qué pasa en sus corazones y en sus cabecitas.

Entonces, ¿quizá somos nosotros quienes no les entendemos?

Ese es el punto de partida. Somos nosotros los que debemos de ponernos a su altura, y no ellos a la nuestra. Tenemos bastante desconocimiento sobre el mundo infantil: olvidamos demasiado a menudo que se están formando, que son inmaduros, y que están aprendiendo día a día. A veces les pedimos respuestas que ellos viven ajenos a su edad. Y los pequeños, a veces se sienten incomprendidos con nuestro enfado cuando no hacen lo que queremos. Es como pedirle a una niña de 6 meses que camine o hable como si tuviera 3 años. No corresponde a su edad madurativa.


Sin embargo, el mensaje de “desayuna que hay que ir al cole” o lávate los dientes para ir a la cama”, parece muy sencillo como para ser entendido.

¡Claro! Y es que antes de los 3 añitos entienden perfectamente el discurso verbal. Pero no la lógica que para los adultos tiene. Y comprender esto es crucial para que no interpretemos que nos desobedecen. Nos provocan y todas esas atribuciones que acostumbramos a adjudicarles.

¿Podrías ampliar este planteamiento?

El mundo adulto y el infantil son por naturaleza opuestos: los pequeños aprenden jugando, para ellos todo es posible, viven en la fantasía. Nosotros funcionamos desde la realidad y generalmente desde nuestros deberes. Esto es lo esencial: desde que nacen hasta los tres-cuatro años aproximadamente, están regidos por el denominado principio del placer.


¿Qué significa esto? Que para crecer sanos, sólo viven para jugar y para la expansión. Puede que recojan por imitación los juguetes, pero no lo integran como algo lógico en su vida. A partir de esas edad, y muy poco a poco, empiezan a asumir que además de jugar hay que hacer otras cosas que no gustan tanto. Pero lo hacen con ayuda del adulto. Eso es fundamental. Para ningún niño o niña el “deber” tiene el sentido que para el adulto. Se lo tenemos que recordar. No porque sean tontos, sino porque son pequeños. Porque sus necesidades y las nuestras no tienen nada que ver.


Mucho más lentamente de lo que desearíamos, van asumiendo responsabilidades en su corta vida, pero esto es realmente difícil para ellos antes de los 6-7 años, edad que la que finaliza la formación de su carácter.

¿Cómo podemos llegar a entendernos?

Lo primero de todo, cambiando el “chip” y no leyendo en sus actos malas intenciones, sino inmadurez. Lo segundo, acompañándoles con mucho cariño y paciencia en las “labores” cotidianas que tengan que ver con el aseo, comidas, vestirse, etc. Porque para ellos no tienen el mismo valor que para nosotros. Lo tercero, recordando cómo nos sentíamos cuando nuestra madre o padre nos reñían, gritaban, pegaban o amenazaban por no “hacerles caso”, cuando nuestra única intención era seguir jugando. Y por último, y lo más importante pero difícil por falta de práctica, acostumbrándonos a relacionarnos en base a “acuerdos” y no tanto en “órdenes” de que sabe hacia el que “no sabe”, puesto que esa no es la mejor forma de acompañar en el crecimiento y en la exploración de la vida a lo que más queremos, nuestros hijos e hijas.

Por: Yolanda González

Psicoterapeuta

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12.2.09

¿Cómo mejorar la comunicación con nuestros hijos?

Encontre este valioso articulo y lo traje totalmente porque me parecio super interesante, ya que muchas veces sin darnos cuenta creemos estar escuchando a las personas que nos comunican algo, incluso a nuestros bebes, pero en realidad no lo hacemos, porque andamos en constante dialogo mental, y tan ocupados en tantas cosas que se nos olvida lo importante empatizar, e interesarnos por los sentimientos de esa personita, por ello los invito a reflexionar para mejorar la comunicación que tenemos en casa, pero sobre todo con nuestros hijos.

El articulo dice:

Escuchar atentamente es el primer paso que nos permitirá conocer qué preocupa al niño y cuál es su estado emocional.

Los padres creemos que para comunicarnos adecuadamente con nuestros hijos nos basta el profundo amor que les tenemos, nuestra experiencia de la vida y la necesidad que ellos tienen de ser guiados y corregidos. Probablemente estos tres ingredientes, junto al sentido común, sean suficientes en muchas ocasiones para mantener una buena comunicación con nuestros hijos. Y tal vez sería un esquema válido si no existieran los sentimientos.

El mundo emocional del niño es tan o más complejo que el del adulto, lo que dificulta el entendimiento entre ambos y hace imprescindible que los padres aprendamos el arte de la comunicación para garantizar que decimos lo que queremos decir y, a la vez, escuchamos lo que realmente el niño siente y quiere decir. Esto puede parecer una nimiedad pero en las relaciones cotidianas, los conflictos, la sobrecarga de trabajo y el cansancio ponen las relaciones entre padres e hijos en constante jaque.

Nosotros, como adultos, confiamos nuestros sentimientos, problemas y ansiedades sólo a aquella o aquellas personas que sabemos que realmente nos prestarán toda su atención y nos escucharán más allá de las palabras. A los niños y a los adolescentes les ocurre lo mismo. Y cuanto más pequeño es el niño, más necesita que prestemos oídos y atención a sus conflictos cotidianos por mucho que a nosotros, en ocasiones, nos parezcan insignificantes y baladíes.

Las palabras que utilizamos como respuesta a las explicaciones de un niño pueden facilitar que continuemos el diálogo o bloquearlo. Veamos el ejemplo siguiente:

Víctor es un niño de 4 años y al salir de clase la señorita le dijo a su madre:
- Hoy he tenido que dejar con otros niños
en unas sillas aparte porque no querían volver del recreo.

Su madre podía haber contestado:

- ¿Cómo es eso Víctor?

Debes hacer caso a tu señorita y entrar en clase cuando ella lo dice.

Y ahí se habría acabado la conversación.

La madre no habría dejado espacio

para la comunicación, ni de los sentimientos

ni de la situación personal vivida por el niño en el recreo.


-Veamos cómo respondió su madre y qué sucedió:

Señorita- Hoy he tenido que dejar a Víctor con otros niños
en unas sillas aparte, porque no querían volver del recreo.

Madre- (cogiéndole en brazos y alejándose)

¿Cómo te has sentido cuando la señorita te ha castigado?

Víctor- Mal, muy mal.

Madre- ¿Por qué crees que os ha castigado?

Víctor- Porque no entrábamos en clase.

Pero es que yo estaba jugando con mis amigos

en el tobogán y no quería entrar.

Madre- ¿Y crees que tenías que entrar o quedarte en el patio?

Víctor- Tenía que entrar..

En el primer diálogo, para el niño, la intervención de su madre resulta vacía de contenido puesto que él ya ha llegado a la conclusión de que debe entrar en clase cuando la señorita lo llama y, sin embargo, no se tiene en cuenta cómo se ha sentido, cómo ha vivido la situación. Mientras que, en el segundo, lo que el niño recibe es: "A mi madre realmente le interesa lo que siento y lo que pienso".

Las palabras que elegimos evidencian una actitud de escucha y atención hacia el niño o de ignorancia y desatención. Según analiza el psicólogo K. Steede en su libro Los diez errores más comunes de los padres y cómo evitarlos, existe una tipología de padres basada en las respuestas que ofrecen a sus hijos y que derivan en las llamadas conversaciones cerradas, aquellas en las que no hay lugar para la expresión de sentimientos o, de haberla, éstos se niegan o infravaloran:


Los padres autoritarios: temen perder el control de la situación y utilizan órdenes, gritos o amenazas para obligar al niño a hacer algo. Tienen muy poco en cuenta las necesidades del niño y transmiten el mensaje de que los padres no están interesados en lo que el niño sienta o tenga que decir. Se rigen en la autoridad por la fuerza.


Los padres que hacen sentir culpa: interesados (consciente o inconscientemente) en que su hijo sepa que ellos son más listos y con más experiencia, estos padres utilizan el lenguaje en negativo, infravalorando las acciones o las actitudes de sus hijos. Comentarios del tipo "no corras, que te caerás", "ves, ya te lo decía yo, que esa torre del mecano era demasiado alta y se caería" o, "eres un desordenado incorregible". Son frases aparentemente neutras que todos los padres usamos alguna vez. El problema es que sean tan habituales que desmerezcan los esfuerzos de aprendizaje de nuestro hijo y le conviertan en una persona dubitativa e insegura.

Los padres que quitan importancia a las cosas: es fácil caer en el hábito de restar importancia a los problemas de nuestros hijos sobre todo si realmente pensamos que sus problemas son poca cosa en comparación a los nuestros. Comentarios del tipo "¡bah, no te preocupes, seguro que mañana volvéis a ser amigas!", "no será para tanto, seguro que apruebas, llevas preparándote toda la semana" pretenden tranquilizar inmediatamente a un niño o a un joven en medio de un conflicto. Pero el resultado es un rechazo casi inmediato hacia el adulto que se percibe como poco o nada receptivo a escuchar. Con este tipo de respuestas sólo lograremos alejar a nuestro hijo de nosotros y comunicarle que no nos interesan ni sus problemas ni sus sentimientos o que los consideramos de poca importancia, opinión de la que es fácil derivar "luego, yo tampoco les intereso".

Los padres que dan conferencias: la palabra más usada por los padres en situaciones de "conferencia o de sermón" es: deberías. Son las típicas respuestas que pretenden enseñar al hijo en base a nuestra propia experiencia, desdeñando su caminar diario y sus caídas. "Deberías estar contento, la fiesta de cumpleaños ha sido un éxito" o "deberías saber que tu profesor sólo quiere lo mejor para ti". Así estamos dejando de escuchar y de interesarnos por lo que realmente el niño o el joven está sintiendo o pensando. Después de respuestas de este tipo, nuestro hijo dará media vuelta y probablemente pensará: "ya está otra vez diciéndome lo que tengo que hacer, ¡qué pelma!".

Frente a estas actitudes, defendemos la comunicación abierta, basada en la capacidad de escuchar activamente. Escuchar activamente es algo más que percibir con nuestros oídos las palabras que nos envía la persona con la que estamos hablando. Supone estar dispuesto a captar los sentimientos del niño, la profundidad con que le ha afectado el problema y la necesidad, manifiesta o no, de hablar de cómo se siente. Y también supone respetar y aceptar al niño tal y como es, sin etiquetarlo ni rechazarlo por lo que siente o por lo que hace.

Para comunicarnos de manera efectiva con nuestros hijos es necesario que aceptemos lo que son y lo que sienten, porque de esa manera podrán aceptar que no estemos de acuerdo con lo que hacen y serán capaces de confiar en nosotros haciéndonos partícipes de sus pensamientos y de sus sentimientos. Otra de las grandes ventajas que comporta mantener una comunicación abierta es la disminución de los conflictos habituales con los hijos.

Escuchar es un arte que implica en la misma proporción a la razón y al corazón. Descuidar uno desnivelará la balanza y perderemos el equilibrio necesario entre la corrección y la ternura, o entre la educación y el amor. Escuchar ha de implicarnos totalmente. Cuando nuestro hijo se acerca lloroso, apesadumbrado, disgustado, dolido o desengañado, escuchemos no sólo las palabras, sino empaticemos con él y miremos sus ojos, su corazón, sus sentimientos y emociones más profundas y sintámonos seres privilegiados por poder estar a su lado y ser con nosotros con quienes comparte sus ansias y desvelos, y démosle entonces las palabras de aliento y el abrazo necesario que les lleve a poder VIVIR Y APRENDER como seres autónomos y emocionalmente estables.


Por: Carmen Herrera García
Profesora de Educación Infantil y Primaria

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23.11.08

Juguemos Juntos

Es maravilloso compartir esos momentos únicos e irrepetibles con nuestros hijos, ver sus sonrisas, la alegria que nos transmiten, debemos abrir nuestro corazón para ellos ya que nos permiten conocerlos un poco más y saber cuales son las cosas que les agradan y las que no, podemos aprender mucho de ellos si sabemos escucharlos y no pretender que hagan las cosas a nuestro modo, sino por el contrario dejar que sean libres y felices disfrutando cada instante. Por ello les comparto este excelente articulo


Las personas grandes tenemos muchas cosas importantes que resolver. Y cuando se suma la obligación de criar y educar a los niños pequeños, la lista de prioridades y urgencias aumenta considerablemente. Nos preocupa especialmente el futuro de nuestros niños: decidir cuál es la mejor escuela, el mejor estudio de inglés, cómo lograr que sean educados y amables, cómo hallar soluciones para encarar el problema de los celos por el hermano menor, qué decisiones tomar para que no sufran a causa del divorcio de sus padres o qué médico consultar por las alergias reiteradas. En fin, que la vida se ha convertido en una maraña de preocupaciones, desde que la compartimos con nuestros hijos pequeños.
Son tantas las cuestiones que necesitamos solucionar, que incluso el ocio ha dejado de ser parte de nuestra vida cotidiana, sobre todo para las mujeres que además trabajamos fuera de casa. Ese pequeño espacio de diversión, de no hacer nada, de cantar o de dejar volar la imaginación, ha quedado relegado entre las múltiples tareas atrasadas. Sin embargo los niños -por suerte- aún logran conservar el juego como parte indispensable y constante de su desarrollo.
Los niños juegan todo el tiempo: Cuando comen, cuando caminan por la calle, cuando observan a los demás, cuando les decimos que tienen que ir a dormir, cuando nos llaman, cuando lloran, cuando están distraídos. Juegan aunque nosotros no nos demos cuenta de ello. Juegan a cada instante en medio de la interacción con la realidad, convirtiendo esa experiencia en múltiples posibilidades para atravesarla.
Transforman de ese modo cada vivencia en muchas otras, indistintamente si son reales o imaginarias, ya que todas forman parte un momento único. Es posible que los adultos no tomemos en cuenta que ellos están dentro de un juego permanente y que desde ese lugar de creatividad y fantasía, nos invitan una y otra vez a acercarnos a ese mágico territorio de ensueños.
¿Por qué no aceptamos la invitación? Porque no nos resulta fácil. Los niños se mueven dentro de códigos que ya hemos olvidado o utilizando un lenguaje lúdico que tal vez ni siquiera hemos experimentado siendo niños. Jugar nos puede parecer extraño, misterioso o molesto. Y también podemos sentir que es una manera de perder el tiempo. En todo caso, jugar a la par de los niños pequeños, no es sencillo.
Vale la pena subrayar que a las madres no tan jóvenes, nos puede resultar aún más complejo entrar en la lógica infantil del juego. Y también constataremos -si nos observamos y observamos a nuestro alrededor- que habitualmente los varones participan en los juegos con mayor entrega y alegría que las mujeres. O sea que podríamos mirar a los varones -quienes con total despreocupación llegan a casa y se ponen a jugar- para aprender de ellos el manejo del ocio y la diversión.
¿Para qué sirve jugar con los hijos? Es la manera más directa de entrar en relación con ellos. Generalmente les pedimos que se adapten al mundo de los adultos, -cosa que hacen, por ejemplo, soportando largas jornadas escolares-. Jugar con ellos es hacer el camino inverso: nosotros nos adaptamos un rato al mundo de los niños. Parece ser un trato justo.
En ocasiones puede suceder todo lo contrario: que los niños hoy estén tan exhaustos de las obligaciones escolares, tengan tan poco tiempo libre y tan poca vitalidad para explorar el juego y la fantasía -refugiándose en la televisión o el ordenador- que posiblemente las personas grandes queramos ayudarlos y enseñarles a jugar. Lo cual no está nada mal. Siempre y cuando estemos dispuestos a permitirles desarrollar la inventiva y la ilusión, en lugar de imponer juegos reglados, difíciles de asumir, exigentes y donde el niño, una vez más, tiene que obedecer y en lo posible responder a nuestras expectativas. Jugar “bien” se parece demasiado a hacer la tarea de la escuela bien, portarse bien y ser un niño bueno. ¡Es decir que en ese caso ya no se trataría de jugar!
Sin embargo ¿las personas grandes somos capaces de jugar jugando? ¿Qué sucedería si nos dejamos llevar por la alegría y la improvisación, e imitamos lo que de alguna manera los niños proponen? Claro que la “lógica” del juego será diferente a la que estamos acostumbrados, y es posible que nos sintamos perdidos. El secreto para lograrlo será seguir a los niños, e ingresar tomados de la mano dentro de sus escondites preferidos. ¿Cómo saber si lo estamos haciendo bien? Sólo observando al niño.
Constatando si está disfrutando o no. Si estamos intercambiando piedras de colores, o saltando uno sobre el otro, o jugando a las escondidas o repartiendo naipes…sabremos si es el juego adecuado en la medida que el niño esté fascinado. Ahora bien, si quienes estamos encantados con el juego somos nosotros, pero el niño está aburrido, nos hemos olvidado del niño real y estamos jugando con nuestro niño interno. Y eso, lo podemos hacer a solas.
Definitivamente, jugar es una cosa seria. Y algunos niños están dispuestos a enseñarnos las reglas.

Por: Laura Gutman
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7.11.08

Que hacer cuándo los niños son tercos

¡¡Te queremos como eres David, queremos decirte que nos sentimos muy orgullosos de tí por cada nuevo logro que consigues de cada alegria que nos regalas!! En esta etapa los adultos podemos llegar a sentimos muchas veces frustrados y desconcertados porque los niños no se comportan como nosotros quisieramos ó nos gustaría que lo hicieran, pero no comprendemos que estan desarrollando su personalidad, su autonomia, y estan formando su carácter su "Yo", ellos estan ansiosos por descubrir más y más cosas nuevas cada día, no tienen conciencia de los limites, las leglas, ni de las consecuencias que pueden generar sus actos. Por ellos debemos ponernos en su lugar, tratar de entender y atender sus necesidades para que puedan explorar y desarrollar todas las habilidades y capacidades, siempre y cuando no pongan en peligro su integridad y bienestar, aunque los padres no podemos ceder, aunque a ellos la mayoria de las veces no les guste, siempre debemos recordar actuar con mucho cariño y firmeza.



Encontré este valioso articulo y quiero compartirlo con todos ustedes:

Cualquier padre con un hijo de dos años sabe que los niños se obstinan en conseguir lo que quieren hasta que, o bien damos el brazo a torcer, o bien no cedemos y montan en cólera. Lo primero que hay que hacer es no olvidar que es normal que sean así de tercos. Y es que a esta edad, los niños están aprendiendo a pensar por sí mismos. ¡La obstinación tiene su lado positivo!Debemos entender su rebeldía y terquedad como signos positivos y ser comprensivos. Si un niño de esta edad no diera ninguna señal de oposición o cabezonería, si se conformara con todo, estaríamos ante un niño que tiene un gran temor a exponer sus deseos y su mundo interior.

¿Qué podemos hacer? Tendremos que arreglárnoslas para permitir que nuestro hijo exprese sus deseos, su ritmo, su vitalidad y su desacuerdo sin ahogar su personalidad, pero sin dejarle exento de referencias y a merced de sus locos impulsos. Estas son algunas ideas para lograrlo.

Saber ceder a veces hay que ceder. Y no hay que tener miedo, porque precisamente los peores padres son los que prohíben y fuerzan constantemente. El auténtico reto está en saber poner pocos límites pero totalmente eficaces. Si escogemos unas pocas normas básicas y las mantenemos en el tiempo con firmeza y cariño, podremos darnos el lujo de relajarnos cuando nuestro hijo quiera abrocharse él solo los botones de la camisa o decidir qué quiere comer hoy.

Explicar y explicar: Los niños quieren y necesitan saber por qué no pueden hacer aquello que les da la gana y qué esperan sus papás de ellos. No vale de nada prohibir sin explicar.

Prevenir: Si sabemos que tenemos la discusión asegurada cada vez que pasamos por esa juguetería de camino al parque, la mejor opción es cambiar de ruta.

Ofrecer alternativas es otra buena técnica: Quitar de su vista las «tentaciones» también lo hará todo más llevadero.

Negociar: La mejor manera de evitar que acabemos en un berrinche es la persuasión. A veces funciona, aunque cueste creerlo. Se trata de reconducir su terquedad por caminos un poco más llevaderos para todos.

Aprovechar la situación: En determinadas circunstancias, más que eliminar su cabezonería, lo que nos conviene es potenciarla. Por ejemplo, muchos se obstinan en proteger a capa y espada al nuevo hermanito así que podemos estar encantados de tener un «guardián» tan eficaz y responsable.

No te asustes si...

  • Dice que no constantemente y a todo.
  • Hace lo contrario de lo que le pedimos y lo sigue haciendo durante varias semanas.
  • Nos rechaza y pide irse con alguien que sea algo más permisivo con sus terquedades.
  • Se esconde para estar a solas y conseguir lo que quiere.
  • Se coge berrinches autodestructivos.
  • Llora por todo: al entrar al baño, al salir del baño, al ponerle el pijama...

Por: Violeta Alcocer
Psicóloga.

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28.10.08

Los niños y el derecho a la verdad

Este es un articulo muy interesante, quiero compartirlo con todos mis lectores,especialmente para una mami que me escribe contandome que ella cree que hablarle a su hija es estar hablando sola, yo te invito a que leas este articulo para que entiendas que al contrario de lo que piensas hablar con nuestros hijos es lo mejor que podemos hacer porque nos entienden, busca conectarte con tú hija veras todas las cosas maravillosas que puedes descubrir, ya que al igual que todos los seres en el mundo, los bebes merecen nuestro respeto, amor, empatía, comprensión; y todos los cuidados que puedas ofrecer!! ¡¡¡ Animo!!!

“Todo ser humano tiene la misma capacidad de comprensión desde el día de su concepción hasta el día de su muerte” dijo hace muchos años la pediatra y psicoanalista francesa Francoise Dolto. La comprensión no tiene que ser demostrada con una respuesta verbal. Que los niños pequeños no puedan utilizar el lenguaje verbal, no significa que no lo comprendan.

Verdad externa

¿Por qué es necesario hablarles? Porque la verdad concreta dicha con palabras organiza el entendimiento de los niños y construye la estructura emocional sostenida por la lógica. Las palabras con sentido lógico son mediadoras entre los niños y el mundo. A diferencia de las personas grandes, ellos no cuentan con el concepto abstracto de tiempo y espacio, por lo tanto las situaciones más banales tienen que ser anunciadas una y otra vez antes de que sucedan. Incluso a los niños un poco más grandes los podemos ayudar con referencias puntuales, por ejemplo “antes de comer va a suceder tal cosa, cuando vuelva papá de trabajar haremos tal otra”.

Tomemos como ejemplo la comunicación entre adultos: Si mi pareja me anuncia: “esta noche regreso a las tres de la mañana”, me está informando sobre algo puntual, pero no es suficiente explicación lógica para mí, entonces no acepto que regrese tan tarde a casa porque no es costumbre dentro de nuestros acuerdos matrimoniales. En cambio si me especifica: “esta noche volveré a las tres de la mañana porque participaré en una cena de empresarios prevista para comenzar a medianoche”, cuento con suficiente información para organizar mi entendimiento, aunque no sea agradable para mí. Fundamentalmente comprendo de qué se trata.

Es vital comunicar a los niños la verdad exterior con lujo de detalles, tratando de percibir el mundo desde los ojos de ese niño, porque cada momento es infinito, cada sensación es eterna. La magia de las palabras logra acercar el mundo sutil del niño pequeño y el mundo concreto de los adultos. Usemos las palabras, ya que traducen lo que pasa.

Las madres permanecemos muchas horas a solas con los bebés. Es el período ideal para hablar previniendo a los bebés sobre todo lo que va a acontecer, por ejemplo: “ahora te voy a cambiar los pañales, tal vez sientas frío”, “vamos a salir a pasear y tengo que abrigarte”, o “vamos a ir juntos al supermercado, allí hay ruido, luces fuertes y demasiada gente”. Cada suceso por más banal que parezca, al ser anunciado, lo predispone y le otorga confianza hacia lo que va a acontecer.

De esta manera las palabras con sentido lógico del adulto se convierten en mediadores entre el mundo externo y el interno. Hablar con los niños es sencillo, es igual que hablar con otro adulto.

Verdad interna.

El amor es el centro de nuestra vida. Y la verdad es el eje de la comunicación. De hecho “hablar con el corazón” es contar la verdad interior. La verdad interior transmite lo que me pasa, lo que siento, lo que deseo, lo que temo.

Si somos capaces de mirarnos dentro sin prejuicios, si nos conectamos sencillamente con lo que nos sucede y si no lo valoramos como bueno o malo, entonces estaremos relacionándonos con nuestra verdad interior, que es la expresión del alma. Los adultos necesitamos comprender nuestros sentimientos para amigamos con lo que nos pasa y atravesar cada situación con mayor entendimiento.

Del mismo modo, los bebés y niños pequeños fusionados en la emoción de la madre, podrán comprender, organizar sus sensaciones y acompañar los sentimientos de su madre si saben de qué se trata. Esto es posible cuando la madre nombra lo que le pasa. Decir la verdad, toda la verdad del corazón, es hacerse cargo de lo propio para liberar al bebé de su angustia y su permanente obligación de manifestar lo que la madre siente pero todavía no ha expresado.
Por ejemplo: Termina la baja maternal de una mujer quien debe regresar al trabajo. Organiza correctamente el cuidado de su bebé de tres meses. La noche previa al comienzo de su jornada laboral, el bebé sufre un espasmo respiratorio... ¿Acaso ha sido un acontecimiento imprevisible? No, es tan frecuente como la falta de reconocimiento de la angustia que provoca en una madre el hecho de dejar a su bebé tan pequeño durante tantas horas. El bebé siente la misma angustia y se hace cargo de manifestarla.

En este caso ¿qué significaría decir la verdad?: Decir la verdad al bebé es reconocer antes que nada esta situación ambivalente: “necesito o deseo trabajar, pero también me angustia y me atemoriza dejarte al cuidado de otra persona “. O bien, “Quiero irme pero también sufro por dejarte”. Reconocer lo que nos pasa y comunicar lo que nos pasa, le permite al bebé comprender y organizar lo que nos sucede a ambos. De lo contrario el bebé se hace cargo de comunicarlo, él realiza la angustia a través de la manifestación del síntoma.

En otras palabras, el bebé nos obliga a conectarnos con la verdad, porque de lo contrario la materializa, la “expresa” en el plano físico, o en otras palabras: somatiza.

Facilitar los vínculos

Puede resultarnos una pesada tarea estar dando explicaciones a los niños permanentemente, sin embargo resulta facilitador para los vínculos. Poco a poco convierte a los niños en seres que acompañan con fluidez las decisiones y necesidades de los padres porque le encuentran sentido. Con el correr del tiempo las explicaciones serán más cortas y precisas ya que el niño incorpora conceptos de tiempo y espacio. El bebé necesita cada día la palabra de la madre que medie en la ausencia o ante cada situación nueva. En cambio un niño de tres años y medio que maneja con soltura el lenguaje verbal, “ya sabe” que cuando la madre dice “me voy a trabajar” tiene todo el sentido que le ha venido dando con muchas palabras llenas de significado durante esos tres años.

En busca de la propia verdad

La verdad siempre va precedida de la palabra “yo”. Porque la verdad es personal, responde a lo que me pasa, lo que siento, lo que deseo. No es una opinión, ni está supeditada a lo correcto o incorrecto.

Los niños están tan cerca de nuestro corazón, tan unidos a la verdad íntima, que se convierten en traductores exactos. Vale la pena prestarles atención, o al menos hacernos las preguntas pertinentes. Sólo sabiendo qué es lo que nos pasa, estaremos en condiciones de narrar nuestra verdad a nuestros hijos.

La verdad y la intimidad

La verdad siempre hace referencia a nuestra intimidad, es decir al interior de nuestro mundo emocional. Es la instancia que desnuda las emociones: el amor, el rechazo, el miedo, la alegría, la nobleza, la pasión, la rabia, la angustia, el dolor, la esperanza. La intimidad no se refiere a las prácticas sexuales, ni a la vida cotidiana como el hecho de trabajar, estudiar, comer, dormir, pasear o relacionarse con otros.

¿Pero qué tienen que ver los niños con nuestras íntimas verdades? Comprenderemos la profunda relación entre los pequeños y los adultos, si tomamos en cuenta que los niños pequeños son seres fusionales, es decir que viven dentro del mundo emocional de las personas que los crían. Cuando son muy pequeños, viven fusionados a la emocionalidad de la madre o de la persona maternante, y en la medida que van creciendo y van entrando en relación con otras personas (padre, hermanos, abuelos, maestras, amigos) se fusionan también con los mundos emocionales de los demás. Es decir, que indefectiblemente hacen parte del territorio afectivo de quienes los rodean.

La verdad es liberadora y aporta confianza

Por eso, aquello que nos sucede, les pertenece. También les pertenece lo que nos ha sucedido en el pasado, porque para nuestra organización emocional, el tiempo no existe. Si hemos experimentado situaciones dolorosas incluso durante nuestra infancia, hoy en día vibran aún en nuestro interior. Y es eso, justamente eso, lo que el niño vive como propio. Así las cosas, el niño merece comprender eso que siente como una evidencia. Nuestras palabras no van a traerle ninguna noticia reveladora, simplemente van a confirmar lo que el niño ya sabía. Y eso es increíblemente liberador, además de aportarle mucha confianza; porque el niño constata que lo que siente y lo que los adultos nombran, coincide. Comprendamos que el niño está completamente involucrado en nuestra vida personal, por lo tanto, no podemos tratarlo cono si fuera un extraño. El niño tiene derecho a saber al menos, lo que nosotros mismos hemos logrado comprender.

Por: Laura Gutman

Terapeuta Familiar y Escritora

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20.10.08

Cómo expresar los sentimientos

Hace ya que hace un par de semanas nuestro hijo anda muy interesado en los sentimientos de las personas y hasta de sus propios muñecos... Reconoce y relaciona muy bien los estados de ánimo, personalmente me parece muy interesante poder ayudarlo a identificar sus sentimientos, que los comparta con nosotros y los exprese sin temor alguno, para que se sienta escuchado, respetado y comprendido, que siempre encuentre en nosotros la confianza y la seguridad que necesita y así aprenda a manejar sus emociones de forma positiva


Comparto este valioso articulo con todos mis lectores, dice:

¿Has observado la diferencia que existe entre una persona educada con tabús y prejuicios y otra que ha vivido en una familia que ha fomentado la expresión de sentimientos en sus hijos? Expresar sentimientos es difícil, pero los padres podemos contribuir a que nuestro hijo interprete sus emociones y aprenda a expresarlas. De esta manera, le ayudaremos a ser un adulto emocionalmente estable.

Conocer los sentimientos de nuestro hijo y ayudarlo a expresarlos no es una tarea sencilla. De hecho, todas las personas, seamos padres o no, nos movemos en el universo de los sentimientos de forma más o menos competente y con mayor o menor éxito. Tal vez pensemos que, por el hecho de ser padres, estamos dotados de una especie de don que nos facilita la expresión y comprensión de sentimientos en la relación entre padres e hijos, porque amamos a nuestro hijo y él nos ama. Y que esto es suficiente para iniciar a nuestro hijo en el arte de sentir y comprender lo que siente, sin reparar en los medios, las formas o las palabras que vamos a emplear para ello.

Cuando nuestro hijo nace nos ocupamos diligentemente de qué comerá, cómo será su habitación, sus primeros juguetes, etc. Intentamos garantizarle un espacio físico inmejorable, buena educación y actividades extraescolares diversas que propicien su desarrollo en la mejor dirección. Pero me pregunto si, paralelamente a todo lo anterior, también nos aseguramos de proporcionarle los modelos más adecuados de aprendizaje emocional y de expresión de sentimientos.

¿Por qué preguntarnos algo así? Pues porque los sentimientos componen el sustrato sobre el cual el niño, en su interacción con el mundo, elabora su interpretación del mundo y de sí mismo. Y porque este tipo de aprendizaje se realiza fundamentalmente en el seno de la familia.

Como señala D. Goleman en su obra Inteligencia emocional:

"La familia es el crisol doméstico en el que aprendemos a sentirnos a nosotros mismos y en donde aprendemos la forma en que los demás reaccionan ante nuestros sentimientos; ahí es también donde aprendemos a pensar en nuestros sentimientos, en nuestras posibilidades de respuesta y en la forma de interpretar y expresar nuestras esperanzas y nuestros temores. Este aprendizaje emocional no sólo opera a través de lo que los padres dicen y hacen directamente a sus hijos, sino que también se manifiesta en los modelos que les ofrecen para manejar sus propios sentimientos y en todo lo que ocurre entre marido y mujer. En este sentido, hay padres que son auténticos maestros mientras que otros, por el contrario, son verdaderos desastres."

Veamos ahora en qué forma A. Faber y E. Mazlish, psicólogas especializadas en la comunicación entre padres e hijos, en Cómo hablar para que sus hijos le escuchen y cómo escuchar para que sus hijos le hablen, nos recomiendan cómo podemos actuar para ayudar conscientemente a nuestros hijos a manejar sus sentimientos, revisando a la vez nuestros propios hábitos de respuesta frente a las situaciones de conflicto emocional en las relaciones familiares.

En primer lugar, hemos de ser capaces de escuchar con toda nuestra atención al niño de cualquier edad que nos esté explicando un problema, un conflicto, un logro o una duda, dejando de lado lo que estemos haciendo, los problemas de cualquier tipo que nos preocupen e, incluso, el concepto que tengamos forjado de él. Es importante demostrar a nuestro hijo que realmente sus sentimientos son tan importantes para nosotros como lo son para él. Los padres solemos poner poco en práctica esta actitud de escucha atenta, sumergidos como estamos en un mar de trabajo y de responsabilidades, y sin embargo es una de las condiciones básicas a seguir si de verdad queremos que nuestro hijo nos exprese sus emociones de forma habitual.

En segundo lugar, debemos tener en cuenta que, en ocasiones, las mejores palabras son aquellas que no se dicen. Asentir con la cabeza, o con expresiones cortas y neutras del tipo: ¡Vaya!, ¡Hum!, ¡Ajá!, le dará a nuestro hijo el espacio que necesita para expresarse sin sentirse juzgado, pudiendo a la vez pensar en voz alta y buscar sus propias soluciones. Este tipo de diálogo nos permitirá a nosotros escucharle, intentar comprenderle más allá de las palabras y no intervenir hasta conocer totalmente la situación que nuestro hijo ha vivido y cómo se ha sentido.

En tercer lugar, debemos ayudarle a nombrar lo que siente. La identificación es necesaria para que el niño comprenda sus emociones. Los niños a menudo confunden las sensaciones más elementales o se angustian ante un sentimiento al que no saben nombrar y, por tanto, reconocer y enfrentarse a él. Debemos verbalizar el estado emocional de nuestro hijo desde pequeño para ayudarle a identificar lo que siente y mostrarle que somos capaces de ponernos en su lugar y comprender sus reacciones.

El niño que se siente bien, normalmente se porta bien. Sentirse comprendido y aceptado por los padres es requisito previo para aceptarse a sí mismo, y la aceptación de uno mismo es, a su vez, requisito previo para el bienestar interior, puerta de la felicidad.

Cuando el niño expresa lo que siente sabiéndose escuchado, respetado y comprendido, aprende a fiarse de sus sentimientos, aprende a escucharse y a saber manejar emociones tan intensas como la antipatía, la vergüenza, la ira o el rechazo. Los estudios más recientes revelan que la capacidad de expresar los propios sentimientos constituye una habilidad social fundamental. Difícilmente el niño podrá desarrollar esa habilidad si el ambiente familiar no se lo facilita. Podemos haber heredado una tendencia de carácter, pero un ambiente comprensivo y abierto al diálogo facilitará la adquisición del control emocional necesario para funcionar y tener éxito en las relaciones personales

Por: Carmen Herrera García
Profesora de Educación Infantil y Primaria

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25.9.08

¿Los niños necesitan límites o presencia materna?


Me siento tan identificada con este artículo, siento que mí bebe es hermoso, pero es tan demandante y lo único que yo deseo es no fallarle, quiero dar lo mejor de mí como mamá, se que no soy perfecta y día a día ando en constante búsqueda para no cometer errores, para ser una mejor persona, para cambiarme desde adentro, y poder ofrecer lo mejor a nuestro bebe.




Solemos determinar que un niño “no tiene límites” cuando “pide” desmedidamente o cuando su movimiento constante nos distrae o nos reclama atención. Sin embargo, antes de juzgarlos y rotularlos en su comportamiento, tratemos de ponernos en su lugar, de imaginarnos en su cuerpo y en su confusión, en la imposibilidad de comunicar lo que genuinamente necesita. El niño utiliza el mismo sistema confuso de pedir “lo que puede ser escuchado” y no lo que realmente desea. Ya ha constatado que lo que molesta, siempre es prioritario en la atención de los demás.

Cuando los adultos no logramos reconocer con sencillez y sentido lógico una necesidad personal, tampoco podemos comprender la necesidad específica de un niño, y menos aún si está formulada en el plano equivocado. Sin darnos cuenta, pedimos lo que creemos que será escuchado y no lo que realmente necesitamos. A este fenómeno tan frecuente y utilizado por todos nosotros, lo denomino: “pedido desplazado”.

Por ejemplo: las mujeres necesitamos que nuestro esposo nos abrace y nos diga cuánto nos ama. Sin embargo en lugar de explicitar nuestra necesidad afectiva, le rogamos que se ocupe de cambiar al bebé. Cuando un deseo es expresado a través de otro deseo, aparece el malentendido. Inconscientemente solicitamos algo diferente de lo que necesitábamos, por lo tanto no obtenemos lo deseado, y así nos sentimos incomprendidas, desvalorizadas y enfadadas. En el plano emocional, cuando no sabemos lo que nos pasa o no lo podemos explicar, obviamente nada ni nadie logran satisfacernos.

En relación a los niños, esta situación es tan corriente que la vida cotidiana se convierte en “un campo de batalla”. Levantarse para ir a la escuela, comer, bañarse, ir de compras, hacer la tarea, llegar o irse de algún lugar, ir a un restaurante en familia; todo parece ser “un gran malentendido” donde todos terminamos molestos. Y hemos encontrado un rótulo muy de moda aplicable a casi cualquier niño y a casi cualquier situación: “a este niño le faltan límites”

El tema de los límites -como se lo entiende vulgarmente- es un problema falso, ya que no se vincula con la autoridad o la firmeza con que decimos no. Al contrario, se resolvería fácilmente si fuésemos capaces de acordar entre el deseo de uno y el deseo del otro con sentido lógico para ambos. Y para ello se necesita capacidad de escucha, una cierta dosis de generosidad, reconocimiento de las propias necesidades, y luego la comunicación verbal que legitime y establezca lo que estamos en condiciones de respetar sobre el acuerdo pactado.

Nos preguntamos cómo hacer para que nuestros niños se comporten bien, sean amables y educados y puedan vivir según las reglas de nuestra sociedad. Sin embargo, estos “resultados” no dependen tanto de nuestros consejos, -y mucho menos de nuestro autoritarismo- sino de lo que podemos comunicar genuinamente. Para ello se requiere un trabajo de introspección permanente. No puedo contar qué me sucede si no sé qué me pasa de verdad. Luego, es necesario saber lo que le pasa al niño. Y sólo después será posible llegar a acuerdos basados en el conocimiento y la aceptación de lo que nos pasa a ambos. Si queremos niños dóciles y comprensivos, tendremos que entrenarnos en la dulzura hacia ellos y hacia nosotros mismos.

Por otra parte, ir en busca del pedido original del niño, requiere un conocimiento genuino sobre las necesidades básicas de los más pequeños. Los adultos consideramos con frecuencia que “ya son demasiado grandes para...” Invariablemente deberían lograr algo que aún les resulta inalcanzable como habilidad: jugar solos, no chuparse el dedo, permanecer en las fiestas de cumpleaños sin nuestra presencia, dejar el biberón, no interrumpir cuando los grandes conversan, quedarse quietos, estudiar solos, no mirar la tele, no molestar, etc.

Pero lo verdaderamente complejo, es que la presencia comprometida de los padres es escasa. Cuando los niños “no tienen límites, piden desmedidamente o no se conforman con nada”, están reclamando desplazadamente presencia física y también compromiso emocional. De hecho, cuanto más insatisfechos estén los niños, más reclaman, menos los toleramos y más los adultos los echamos de casa porque nos desgastan. Los enviamos a pasar largas jornadas en las escuelas, fines de semana en casa de los abuelos, múltiples actividades extra escolares…ahondando la desconexión y el abismo que nos separa.

Un niño que nos exaspera es simplemente un niño necesitado.

Por eso el tema de los límites es un problema falso. Cuando hablamos de límites, hay que considerar nuestras capacidades de comunicación y de franqueza con la que nos dirigimos a nuestros hijos.

Esto no significa que debamos soportar la tiranía de caprichos absurdos. Al contrario, el niño no es libre de hacer cualquier cosa, pero nosotros tampoco. Se trata de preguntar al niño qué necesita, en qué lo podemos ayudar, y se trata de relatar también qué nos sucede a nosotros los adultos y qué estamos en condiciones de ofrecer. Luego, haremos algunos acuerdos posibles. Así de fácil.




Por: Laura Gutman

Escritora y Terapeuta Familiar

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24.9.08

Tus palabras, mis palabras

La comunicación entre padres e hijos genera un vínculo lleno de confianza y mutua gratificación. La comunicación creativa propone aprender día a día, ”sin prisa pero sin pausa” a escuchar a nuestros hijos con la mente, el alma y el corazón, es decir: con todo nuestro ser. Sobretodo cuando, sin pensarlo, descubrimos que en una frase, una palabra, un gesto o una reacción espontánea nuestros hijos se están expresando auténticamente. Este es el regalo, la mayor recompensa para una mamá y un papá creativo: ver más allá, tener la capacidad de percibir las pequeñas muestras de afecto sincero y cálido de su hijo y por supuesto, DISFRUTARLAS!




Muchas veces, los papás sienten que nadie los preparó para ejercer una maternidad o paternidad saludable y reconfortante. La crianza es la más difícil pero maravillosa experiencia de crecimiento para una persona. Creo que un aspecto importante es poner el foco en nosotros mismos: si somos padres amorosos, seremos mejores personas. Todo dependerá de cuan abiertos y sensibles estemos al amor de nuestros hijos. La educación emocional es quizás la más importante en la vida de un ser humano… ¿Por qué? Porque nos permite reconocer los momentos de felicidad que brinda la vida, esos instantes que, en retrospectiva, forman parte de nuestros recuerdos más trascendentales, aquellos que atesoramos para siempre.

Pero el afecto necesita mensajeros: muestras reales y concretas que me dicen que soy amado como ser humano. Una excelente forma de expresar amor es respetando las palabras de tu hijo, su punto de vista, su mirada única sobre el mundo.

Me gustaría compartir una frase que resume cabalmente el consejito que deseo brindarte: “Hijo, respeto tu punto de vista, pero no lo comparto”. Es decir: el respeto por la opinión de los otros es esencial. Este respeto abre las puertas a la expresión, libera, suma, invita. Por otro lado, es muy probable que en muchas oportunidades no compartas el punto de vista de tu hijo. Es lógico y natural y hasta incluso esperable, pero lo importante es que él comprenda que se respetan, escuchan y meditan sobre sus palabras. Esto le brindará mejores condiciones en su formación, convirtiéndolo en una persona más tolerante.

Tus palabras, mis palabras… ellas nos conectan, nos unen, impactan en nuestra vida. Te escucho, te presto atención, reflexiono sobre lo que me contaste…. la increíble experiencia de ser escuchado y escuchar.


Por: Lic. María Soledad García
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19.9.08

"Si tú lloras, yo también"

Todos hemos visto alguna vez que un niño se ponga a llorar y otro lo imite casi inmediatamente. O cómo se contagian la risa. Es lo que se llama empatía, o facultad para comprender las emociones y sentimientos de los otros. Gracias a la empatía el niño llega a identificarse con los demás y puede manifestar solidaridad. Los padres podemos contribuir a desarrollar esta conducta que le ayudará enormemente en sus relaciones personales.

La palabra empatía proviene del término griego empatheia que significa sentir dentro. Este término fue utilizado por primera vez en los años veinte por el psicólogo norteamericano E. B. Titchener para definir la imitación motriz que se observa en niños muy pequeños frente al sufrimiento ajeno. Es común observar como un niño de apenas un año de edad rompe a llorar cuando ve a otro niño llorando, o se lleva la mano a la boca al ver a un niño que se ha lastimado los dedos. Las raíces de la empatía las encontramos en la más temprana infancia en las manifestaciones que los niños tienen frente a las emociones de los demás.

En el desarrollo de la empatía encontramos tres etapas bien diferenciadas.
En la primera infancia es una empatía más física, más imitativa en el sentido corporal.
A partir de los cinco o seis años el niño muestra una empatía más madura. Ya es capaz de responder al estado emocional de otra persona porque ha desarrollado un modelo interno de sentimientos que podrá usar para comprender a los demás.
Entre los diez y los doce años aparece la empatía abstracta o social. El interés por grupos desfavorecidos o marginales puede determinar su colaboración en actos caritativos o altruistas.
Desarrollar la empatía en el niño: La empatía hace referencia a la facultad de comprender las emociones y los sentimientos de otro por un proceso de identificación con su realidad. Los niños empáticos son más populares, tienen menos dificultades para las relaciones sociales y acostumbran a tener éxito en la escuela y en el trabajo.

Desarrollar esta capacidad en ellos requiere que la trabajemos en casa y podemos hacerlo:

Siendo modelos adecuados de coducta empática. Sobre todo en los momentos en los que las relaciones con los hijos se hacen difíciles. En cualquier situación de conflicto suele haber dos partes y dos puntos de vista. El enfrentamiento entre las partes a menudo lleva a la tensión y a la ruptura, aunque sea momentánea, de la relación. La empatía puede ser el medio que, dejando de lado por un instante nuestra percepción del problema, nos ayudará a intentar sumergirnos de verdad en los sentimientos de nuestro hijo, a conectar con él y con el torrente emocional que se le ha despertado dentro. Sólo así podremos ser capaces de comprender realmente qué es lo que le sucede, al margen de que estemos o no de acuerdo o de que aprobemos o no sus acciones.
Después ya resolveremos lo que haya que resolver, primero hemos de ser capaces de sentir como él siente, de ponernos en su lugar e intentar comprender por qué ha actuado o ha hablado como lo ha hecho. Sólo así podremos disolver nuestro enfado y abrir de nuevo la puerta de la comunicación.
Teniendo unas expectativas altas de lo que esperamos de nuestros hijos en lo que se refiere a la responsabilidad y la consideración hacia los demás. Los niños tienden a mostrarse empáticos de manera natural. Alimentar la amabilidad, el respeto y la colaboración alabando sus iniciativas en este campo son tareas imprescindibles que deben empezar en el hogar. Cuando son pequeños pueden ayudar a poner la mesa, colaborar cuando vamos de compras, recoger una cosa del suelo que se le ha caído a alguien, o visitar a un amigo de clase que está enfermo.
A medida que van creciendo, además de colaborar en casa, tenemos: cuidar una mascota, mantener correspondencia con personas de otros países que vivan realidades sociales y personales diferentes, o colaborar con alguna organización local de ayuda a los demás o de protección de la naturaleza, que son algunos ejemplos de las muchas cosas que podemos hacer con nuestros hijos para ayudarles a desarrollar la empatía hacia los demás, una habilidad imprescindible para la convivencia y el bienestar personal.
Los niños con un alto grado de empatía tienden a ser menos agresivos, son más populares entre los compañeros y los amigos, y son más dados a colaborar y compartir. Cuando crecen, tienen una mayor capacidad para desarrollar relaciones estables con su pareja, sus amigos y sus hijos.
Tener un hijo emocionalmente bien sintonizado requiere enfatizar en el aprendizaje de las respuestas emocionales tanto de las nuestras hacia él como de las suyas hacia los demás. Con ello garantizaremos que estamos cubriendo las dos áreas principales de incidencia de la empatía: la que tiene que ver con la respuesta emocional ante la alegría, la tristeza o el dolor de los demás y que el niño aprende por imitación; y la que se relaciona con la respuesta cognoscitiva que mueve al niño a actuar apoyando o ayudando a otros cuando lo necesitan.
Recordemos que la empatía es un instrumento inmejorable para conectar con el universo emocional de quienes nos rodean. Aprovechémosla y dejémosla crecer en nuestro interior. Sus frutos nos acompañarán junto a nuestros hijos durante muchos años.
Por: La profesora de Educación Infantil y Primaria
Carmen Herrera García
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